El Paradigma Positivista (Bajo la mirada perspicaz de la historia)

     El positivismo ha sido presentado en la historia de la ciencia como un pensamiento hegemónico, pese a que en las últimas décadas ha reaparecido el discurso alternativo en el estudio de las ciencias sociales.

     Si damos una mirada atrás, nos percatamos de que la actividad científica en la edad media estuvo signada por leyes divinas y el postulado de orden. Este último estaba esquemáticamente establecido, cada cosa y hombre tenían su lugar ya determinado.

     Más tarde, en el siglo XVII, emerge una visión del mundo fundamentalmente impersonal y mecánica. La experiencia como fuente de conocimiento adquiriría un interés mayor. Es así como Bacon (1561- 1626) y Galileo Galilei (1564- 1642) adoptan el protagonismo de un nuevo método que distaba del filosófico, que vinculaba el experimento empírico al cálculo matemático. Bacon se mostraba en contra de la lógica aristotélica y propone un método inductivo de descubrimiento de la verdad. Éste se fundamentaba en la observación empírica, el análisis de los datos observados, en la inferencia para llegar a las hipótesis y en la comprobación de las mismas a través de la observación y el experimento.

     De esta forma, el postulado de que el mundo estaba matemáticamente organizado sirve de base a la ciencia y a la filosofía del siglo XVII, específicamente. También queda sentada la idea de ciencia relacionada con el saber seguro y demostrado por contraposición al saber común (Episteme/ Doxa). En este sentido, la ciencia estaba fundamentada en lo que podemos ver, oír, tocar. Las opiniones, preferencias personales y las imaginaciones especulativas no tenían cabida en la ciencia (Chalmers, 1987).

    Mientras ciencia y filosofía redefinían su lugar dentro del esquema del saber de aquellos tiempos, aparece Descartes como el primer hombre moderno y como uno de los fundadores de la epistemología moderna. Este filósofo modifica el planteamiento clásico que sostiene que el pensamiento es suscitado por la realidad; que ésta última está dada y es independiente del pensar. Para el pensador moderno, por el contrario, no es el ser sino la razón lo que suscita el pensamiento. Antes era lo real, ahora es la razón y todo debe ser explicado desde ella.

     Más tarde, el realismo llamado por muchos “realismo ingenuo” culmina con la posición filosófica de Immanuel Kant (1724- 1804) quien se proponía, particularmente, estudiar las bases y el entramado del conocimiento para establecer tanto su avidez como sus fronteras. Desde entonces, la filosofía del conocimiento debe plantearse todo lo relacionado con las condiciones que posibilitan el conocimiento de las cosas.

     Todo lo expuesto abre camino a la filosofía idealista. Entre sus autores encontramos a Hegel cuya filosofía se esparce hacia diferentes corrientes y escuelas como el existencialismo y la fenomenología.

     Después de este corto itinerario por la historia de la ciencia, es imperativo terminarlo ya en el siglo XIX, con la referencia obligada de Auguste Comte. Éste nos permite irrumpir en el enfoque positivista de la ciencia, el mismo dejará sentir su influencia en la epistemología de la ciencia durante todo el siglo XX.

     A mi modo de ver, lo que empezó como una simple corriente o pensamiento filosófico se convierte ahora, con más fuerzas, en un paradigma en tanto que proporcionaba y aún proporciona respuesta a los fenómenos estudiados en una sociedad y en un tiempo dado. Esto se circunscribe al concepto de paradigma presentado por Guba (1999), esto es, un conjunto básico de creencias que guían la acción tanto de la vida cotidiana como la acción relacionada con la investigación científica.

     Es así como el paradigma positivista supone, por una parte, que la realidad está dada y que puede ser conocida enteramente por el sujeto cognoscente. Por otra, asume la existencia de un método científico para conocer esta realidad y propone el uso de dicho método como garantía de verdad y legitimidad para el conocimiento.

     De lo anterior, se desprende el supuesto de que tanto las ciencias naturales como las sociales pueden hacer uso del mismo método para desarrollar investigación. Este monismo metodológico se convierte en el blanco de las críticas de los adeptos al discurso alternativo, sobre todo en las llamadas ciencias blandas o sociales.

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